Por Bryan Varela y Fátima Pacas, Equipo de Educación Cristosal, El Salvador
Compartimos condiciones comunes en el norte de Centroamérica, países marcados por la violencia, la impunidad, la corrupción y la desigualdad. Estos problemas se ven agravados por sistemas que favorecen a unos pocos a expensas de la mayoría empobrecida. Sin embargo, en esta compleja realidad, nuestras comunidades han mantenido su tradición de colaboración y solidaridad con comunidades de todo el mundo, hermanos que han caminado a nuestro lado con compromiso y valentía.
El Salvador ha vivido una historia marcada por la sangre y la lucha. Esto se evidencia en las múltiples masacres perpetradas en el siglo pasado, desde la masacre indígena y campesina de 1932, la masacre estudiantil de 1975, la masacre de Sumpul en 1980, El Mozote y sus alrededores en 1981, El Calabozo en 1982 y muchas otras graves violaciones de los derechos humanos a lo largo del conflicto armado.
Sin embargo, las graves amenazas a los derechos humanos persisten hoy en día. En este preciso momento, en 2024, estamos viviendo una oleada de políticas represivas que han resultado en más de 70.000 detenciones sin el debido proceso y más de 250 muertes bajo custodia estatal, mientras que los avances que hemos logrado en la construcción de una democracia se están perdiendo a causa de un populismo punitivo.
Reconocemos que nuestras comunidades no han afrontado estos desafíos solas, ni en el pasado ni en la actualidad. Muchas comunidades de fe han desempeñado un papel fundamental, construyendo puentes de solidaridad que trascienden las fronteras geográficas y el tiempo. No hablamos de cualquier tipo de comunidad de fe, ni de cualquier misión, sino de comunidades de fe que adoptan una postura radical, alejada del pensamiento imperialista y colonialista, para asumir una misión global de construir un mundo más justo.
Reconocemos que nuestras comunidades no han afrontado estos desafíos solas, ni en el pasado ni en la actualidad. Muchas comunidades de fe han desempeñado un papel fundamental, construyendo puentes de solidaridad que trascienden las fronteras geográficas y el tiempo. No hablamos de cualquier tipo de comunidad de fe, ni de cualquier misión, sino de comunidades de fe que adoptan una postura radical, alejada del pensamiento imperialista y colonialista, para asumir una misión global de construir un mundo más justo.
En una realidad marcada por la violencia y la inestabilidad, la búsqueda de la paz y la democracia no es un proceso lineal ni definitivo. Más bien, se asemeja a una espiral de altibajos, en la que muchos hombres y mujeres han dado su vida, acompañando a las víctimas de un sistema violento y defendiendo a quienes son silenciados y se quedan sin voz. Monseñor Romero, “la voz de los que no tienen voz”, asesinado por su práctica de fe y amor desde la opción preferencial por las personas empobrecidas, representó el verdadero significado de sentir con la Iglesia, que es más que “sentir” con la iglesia, sino identificarse con ella y encarnarla.
Su vida y su práctica de la fe nos enseñaron que, incluso si nos oponemos a la jerarquía en los niveles más altos de las instituciones a las que pertenecemos, debemos continuar con la misión de emancipar a todas aquellas personas marginadas por la desigualdad y la violencia. Cuarenta y cuatro años después de su muerte, esta enseñanza cobra aún más sentido al enfrentarnos al avance de las políticas represivas, los retrocesos democráticos y las injusticias.
Hablando de la búsqueda de justicia, en particular para los más pobres, dijo: “Si alguna vez nos quitan la radio, suspenden nuestros periódicos, no nos dejan hablar, matan a todos nuestros sacerdotes y también al obispo, y ustedes se quedan, un pueblo sin sacerdotes, cada uno de ustedes debe ser un micrófono de Dios”.
En este aniversario, es importante hacer una pausa y preguntarnos qué significa sentir con la Iglesia, ¿Identificarse con la gente que conforma la iglesia? ¿Cuán actual es su mensaje? Podríamos decir que significa tomar postura ante la injusticia, no callar cuando se nos ordena hacerlo, alzar la voz por la dignidad y caminar juntos para construir el Reino de Dios en la tierra. Su mensaje implica vivir las bienaventuranzas en el presente y que la iglesia no es un templo, sino la comunidad que practica las enseñanzas del Evangelio en su vida diaria.
