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Este es el discurso que Noah Bullock, director ejecutivo de Cristosal, pronunció en inglés durante la ceremonia de entrega del Premio William D. Zabel de Derechos Humanos 2025 en Nueva York. El texto a continuación es su traducción al español.
Quiero comenzar agradeciendo a Uzra y a su equipo por hacer posible este reconocimiento. Estamos profundamente agradecidos con Human Rights First no solo por el gran honor de recibir el Premio William Zabel de Derechos Humanos, sino también por su larga trayectoria de solidaridad y apoyo a los derechos humanos en Centroamérica.
En marzo, cuando el gobierno de Estados Unidos trasladó a cientos de migrantes al Centro de Confinamiento del Terrorismo del presidente Bukele, Cristosal se encontró trabajando codo a codo con Human Rights First y otras organizaciones de derechos humanos de Estados Unidos y Venezuela para luchar por su libertad. Es bien sabido que los autócratas del mundo conspiran entre sí para apoyarse mutuamente, pero la respuesta de las organizaciones de derechos humanos frente al acuerdo sobre el CECOT demostró que las organizaciones de derechos humanos también pueden unirse para resistir.
Quiero agradecer especialmente a todos ustedes por estar aquí esta noche y por su apoyo al trabajo en defensa de los derechos humanos. En el último año, los gobiernos han demostrado ser aliados poco confiables para las organizaciones de derechos humanos en todo el mundo. Este encuentro de hoy es una muestra de fortaleza y una señal de confianza en que la defensa de los derechos humanos puede sostenerse por un movimiento de personas como ustedes —como nosotros— que permanecemos unidos en la convicción de que el respeto por la dignidad y los derechos humanos es la base de la paz y la prosperidad del mundo.
Cristosal no hace su trabajo solo.
Me siento profundamente honrado y conmovido de estar aquí esta noche junto a mi esposa, Graciela. Es la mujer embarazada más hermosa que he visto. Ella misma es una defensora de derechos humanos, y representa la fortaleza y el valor de nuestras familias, que han soportado la separación y la incertidumbre provocadas por la persecución y el exilio de nuestra organización.
En Cristosal somos herederos privilegiados de una rica historia de valientes defensores de derechos humanos que nos precedieron, y tenemos el honor de ser parte de un ecosistema de organizaciones y movimientos sociales en Centroamérica que continúan ese legado.
Todo nuestro trabajo —la defensa legal, las respuestas de protección, las investigaciones, las campañas de comunicación— son el resultado de una profunda alianza con las víctimas.
Esta noche, recibimos este premio junto a ellas y ellos:
- Las familias desplazadas por la violencia de pandillas y narcotraficantes que reconstruyen sus vidas con valentía.
- Los sobrevivientes de crímenes de guerra y de lesa humanidad durante el conflicto armado salvadoreño que han buscado incansablemente la verdad y la justicia durante décadas.
- Las víctimas y familias de detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas, torturas y asesinatos, quienes a pesar del miedo no descansarán hasta poder abrazar nuevamente a sus seres queridos.
- Las familias de migrantes venezolanos desaparecidos en el Centro de Confinamiento del Terrorismo en El Salvador, que sufren los abusos del autoritarismo en tres países y aun así exigen justicia.
- Las comunidades que se atreven a denunciar la corrupción y buscan rendición de cuentas por el robo de los recursos y oportunidades públicas.
También recibimos este premio en nombre de nuestros amigos y colegas que hoy sufren persecución por su defensa de los derechos humanos: en El Salvador, Fidel Zavala, Alejandro Henríquez, José Ángel Pérez, Ruth López y Enrique Anaya. En Guatemala, los líderes indígenas que defendieron la democracia, Esteban Toc, Héctor Pacheco, Luis Chaclán, y líderes estudiantiles como Edmar Arriola.
No pasa un momento sin que sintamos su encarcelamiento.
El mártir jesuita, teólogo y filósofo salvadoreño Ignacio Ellacuría dijo que los pobres y los perseguidos son los signos de los tiempos: cuando se les ve, revelan la verdad sobre el mundo que nos rodea.
La lista de abusos y víctimas que acabo de mencionar son signos de los tiempos que refuerzan la creciente sensación de que el mundo podría estar retrocediendo hacia una época de oscuridad.
Hace algunos años fui invitado a la ceremonia de cierre de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG). Las autoridades indígenas que presidieron el acto dijeron que la CICIG había demostrado al pueblo maya que la justicia y la rendición de cuentas eran posibles, que una Guatemala más equitativa era posible. Pero también advirtieron que el cierre de la comisión representaba un retroceso dramático. Dijeron que Guatemala entraba en el inframundo de la oscuridad y la mentira, conocido en la cosmovisión maya como Xibalbá.
Agregaron: “No es la primera vez que el pueblo maya entra en la oscuridad, y lo que hemos aprendido de ella es que lo mejor es seguir caminando. Xibalbá no dura para siempre.”
La oscuridad no es un espacio ajeno al movimiento de derechos humanos. Una lectura honesta de la historia revela que el abuso, más que el respeto, ha sido la norma, no la excepción, en la historia humana. La gran mayoría de personas que han vivido y muerto lo han hecho en contextos de violación de sus derechos.
Por eso debemos defender los derechos humanos y las instituciones creadas para protegerlos con humildad, conscientes de que la mayor parte de la humanidad aún no ha gozado plenamente de sus beneficios. Sin embargo, este peso del pasado no debe ser causa de desesperanza. Cuando la verdad de las víctimas se conoce, también se revela una gran esperanza de cambio.
En los tribunales de San Francisco Morazán, los sobrevivientes de la masacre de El Mozote procesaron a los generales y oficiales que comandaron una de las peores atrocidades cometidas en el continente americano en tiempos modernos. Nuestros abogados los observaron testificar ante el juez: sus voces y su verdad se impusieron sobre el tribunal, sobre las estructuras de impunidad y hasta sobre los propios perpetradores.
De la experiencia de las víctimas —de la oscuridad—, decía Ellacuría, hemos aprendido aquello que es inherente a todo ser humano: dignidad, igualdad, derechos. Creemos que la verdad, tarde o temprano, se impone sobre la oscuridad y la transforma.
Hoy, en toda América Latina y en Estados Unidos, hay una profunda preocupación por el retroceso democrático y el resurgimiento de la autocracia en el mundo. Los derechos humanos son, inevitablemente, intolerables para los autócratas, porque estos les imponen límites al ejercicio del poder.
Nuestra organización ha sufrido directamente esa intolerancia. En represalia por el valiente trabajo de las organizaciones de derechos humanos y periodistas en El Salvador, el régimen desató una ola de represión que obligó a un número aún desconocido de periodistas, líderes comunitarios y defensores de derechos humanos a exiliarse.
En todas las generaciones, en todas las culturas y rincones del mundo, ha habido personas que miraron la oscuridad —el mundo que es— y soñaron con uno mejor —el mundo que debe ser—. Por sus acciones, muchos sufrieron persecución y violencia. Muchos nunca vieron realizados los cambios que soñaron, pero sus luchas contribuyeron a un proceso lento e impredecible de transformación histórica.
La represión de los defensores de derechos humanos revela uno de los mayores errores del manual del dictador: su comprensión distorsionada de los derechos humanos. Dictadores y aspirantes a autócratas se quejan de que los derechos humanos son recetas fallidas de la comunidad internacional, una agenda globalista o una imposición sobre la soberanía nacional.
Pero están equivocados.
Los derechos humanos no nacen de leyes, tratados o instituciones multilaterales. No son agendas extranjeras, y los defensores de derechos humanos no somos agentes foráneos. Los derechos humanos son las aspiraciones más grandes y románticas, y las luchas más nobles de la familia humana.
Los derechos humanos nos pertenecen; son parte de nuestra historia como pueblos, naciones, comunidades y familias. No hay una sola persona en esta sala cuyo árbol genealógico no cuente una historia de lucha por la igualdad y la libertad.
Ningún régimen represivo puede detener lo que es inherente a nosotros. Nunca lo ha hecho, y no lo hará ahora, cuando nuestra vida y libertad dependen de ello. Su brutalidad solo nos motiva a seguir caminando más rápido hacia algo mejor.
Cuando mi amiga y colega Ruth fue arrestada frente a su casa, su advertencia a los agentes se volvió viral en redes sociales: “Tengan decencia, les dijo mientras la esposaban, “un día todo esto terminará.”
Tengan decencia se ha convertido en el hashtag de la resistencia contra la autocracia en El Salvador.
El movimiento de derechos humanos ya ha conocido la oscuridad antes, y no dura para siempre. Seguiremos caminando hasta que nuestros amigos sean libres, y para que nuestros hijos puedan enfrentar las crisis morales del futuro con decencia, sin temor al exilio o la prisión.
Gracias nuevamente a todos los que están aquí esta noche. Este es un gran honor y un gesto de solidaridad con nuestra organización, con los defensores de derechos humanos en el exilio, con los presos de conciencia, y con los pueblos de Centroamérica que sueñan con mejores opciones que vivir bajo la tiranía de las pandillas o los autócratas.
Tengan decencia, un día todo esto se va a acabar.


